
Sin saber exactamente cómo llegó hasta ahí, de pronto Francisco Castañeda Rojano tenía en su haber una novela: Cincuenta centavos. Se dice fácil, pero no lo es; o cuando menos no tanto.
Porque Cincuenta centavos es una historia emanada de una vida cotidiana implacable y atroz. Neta de Iztapalapa. Incomplaciente. Una vida en la que el desconsuelo, la ilusión vuelta un madrazo en la cara, el infortunio más desgarrador, van de la mano. No hay concesiones en una existencia de esa naturaleza. Y menos se puede escribir de estos temas si no se han vivido en carne propia.
Por eso Cincuenta centavos se siente real. Porque lo es. Porque no hay investigación de campo atrás de ella sino angustias nocturnas, sed de acercarse al otro, fuego inextinguible. Y por eso Francisco Castañeda Rojano la escribió. Porque la traía en sus entrañas. Cincuenta centavos es de esas cuantas, contadísimas y afortunadas novelas que terminan por desbordar a su autor —si no me escribes te engullo, si no me escribes te extraigo la sangre y me la bebo en un cótex—, y cuya frescura, cuyo vigor, cuyo arrojo, siempre son envidiables.
No es común que en medio de la producción literaria encaminada a la venta masiva de libros por encima de la hondura, una novela como ésta vea la luz; menos es común que la vida de los suburbios interese a los editores de ficción literaria. ¿No están ahí las listas de las 100 mejores? Para qué arriesgarse por un autor nuevo, por una propuesta underground. Porque eso tiene esta novela. Estamos hartos de que los mismos escritores contraculturales se pavoneen como héroes culturales. Ahí les va uno de a deveras, cuya única pretensión es que una mujer le abra las piernas con esta historia. Quién quita y se le haga.
Me uno a la celebración de esta novela. Festejo y canto su nacimiento. Para mí, una novela vale leerse cuando toca los sentimientos del alma. Y Cincuenta centavos le habla al alma de los lectores. Yo por eso la leí, y por eso escribo estas líneas. De no haberme conmovido, de no haberme estrujado, ahora mismo estaría viendo la televisión. O fajándome una chava. Quién quita y se me haga.
¡Salud!, Francisco Castañeda Rojano. Felicidades, carnalito. Bienvenido a la comunidad de las hienas literarias. Que lo digo para darte ánimos. No te asustes.
Eusebio Ruvalcaba
Porque Cincuenta centavos es una historia emanada de una vida cotidiana implacable y atroz. Neta de Iztapalapa. Incomplaciente. Una vida en la que el desconsuelo, la ilusión vuelta un madrazo en la cara, el infortunio más desgarrador, van de la mano. No hay concesiones en una existencia de esa naturaleza. Y menos se puede escribir de estos temas si no se han vivido en carne propia.
Por eso Cincuenta centavos se siente real. Porque lo es. Porque no hay investigación de campo atrás de ella sino angustias nocturnas, sed de acercarse al otro, fuego inextinguible. Y por eso Francisco Castañeda Rojano la escribió. Porque la traía en sus entrañas. Cincuenta centavos es de esas cuantas, contadísimas y afortunadas novelas que terminan por desbordar a su autor —si no me escribes te engullo, si no me escribes te extraigo la sangre y me la bebo en un cótex—, y cuya frescura, cuyo vigor, cuyo arrojo, siempre son envidiables.
No es común que en medio de la producción literaria encaminada a la venta masiva de libros por encima de la hondura, una novela como ésta vea la luz; menos es común que la vida de los suburbios interese a los editores de ficción literaria. ¿No están ahí las listas de las 100 mejores? Para qué arriesgarse por un autor nuevo, por una propuesta underground. Porque eso tiene esta novela. Estamos hartos de que los mismos escritores contraculturales se pavoneen como héroes culturales. Ahí les va uno de a deveras, cuya única pretensión es que una mujer le abra las piernas con esta historia. Quién quita y se le haga.
Me uno a la celebración de esta novela. Festejo y canto su nacimiento. Para mí, una novela vale leerse cuando toca los sentimientos del alma. Y Cincuenta centavos le habla al alma de los lectores. Yo por eso la leí, y por eso escribo estas líneas. De no haberme conmovido, de no haberme estrujado, ahora mismo estaría viendo la televisión. O fajándome una chava. Quién quita y se me haga.
¡Salud!, Francisco Castañeda Rojano. Felicidades, carnalito. Bienvenido a la comunidad de las hienas literarias. Que lo digo para darte ánimos. No te asustes.
Eusebio Ruvalcaba
